
Mi Primer Uber
| Diciembre 2024 (Cuentazo vol. 1-Abril 2025) | |
| Para todos parece tan simple: abres la app, pides tu Uber, te subes, y listo. Una experiencia tan rutinaria como tomar agua. Pero para mí, un individuo que, aunque no lo parezca, ha sabido mantenerse bastante al día con la tecnología, esto fue una odisea digna de Homero (y no me refiero a Simpson). La aventura empezó con un campo de batalla que debería ser algo simple: crear la cuenta. “Solo necesitas una tarjeta”, me decían. Claro, pero nadie te advierte que la app parece más bien un test psicológico para detectar cuántos clics te toma desesperarte. Que si el número de tarjeta, que si vincula tu cuenta a Google, que si la contraseña debe tener ocho caracteres, un jeroglífico y un sacrificio ritual… ¿Por qué tanto lío para algo que según todo el mundo es automático? Cuando finalmente logré inscribirme, casi quise felicitarme. Sentí que el mundo me decía: “Bienvenido al futuro, aunque ya llegaste 20 años tarde”. Con la cuenta lista, vino el segundo reto: pedir un servicio. “¿A dónde vas?”, me preguntaba la app gentilmente. Pero no contaban con mi habilidad para complicarlo todo. Buscar la dirección exacta me hizo sentir como si estuviera resolviendo un acertijo de Mateo y la Tumba de Cuauhtémoc. Luego vino el menú de opciones: que si un viaje económico, que si premium, que si usas un bono, que si añades un extra, que si lo quieres más rápido…Yo solo quería que alguien me llevara, no firmar un contrato para ser accionista de Uber. Tras ignorar todas esas opciones, incluyendo las publicidades que prácticamente ocupaban media pantalla (porque, claro, ¿por qué facilitar algo cuando puedes vender?), finalmente logré concentrarme en la pequeña área que queda disponible para lo que realmente quería: pedir un simple viaje. Pero la app, con la grandilocuencia de alguien planificando una misión a Marte, me presentó un menú incomprensible: “Elige X Uber”, “Uber Great”, y otras variantes que parecían nombres de superhéroes. Lo único que me quedó claro fue que unos eran más caros y otros más baratos. Sin entender demasiado, hice lo lógico: elegí el barato. ¿Qué podía salir mal?… Pues todo. Ignorando ya la incomodidad que a esas alturas sentía como una camisa mal planchada, la app cambia la pantalla y, con toda la autoridad del mundo, me ordena: “Indica el punto de encuentro”. En la pantalla aparece un pequeño mapa (porque, recordemos, la publicidad ocupa más espacio que el mismísimo mapa) con dos puntos: uno azul, que parecía ser donde yo estaba parado, y otro negro, a unos metros, acompañado de un mensaje igual de intrigante que impositivo: “Camina al punto de encuentro”. Ahí me quedé perplejo. ¿Por qué tenía que caminar? ¿No se trataba de que ellos vinieran a mí? Toda persona que conozco y que usa esta app con la naturalidad de respirar, jamás —y cuando digo jamás, es jamás— ha tenido que desplazarse un solo centímetro desde donde pidió su transporte. | Pero, fiel a mi estrategia de ignorancia selectiva, decidí no complicarme y le di a “Confirmar viaje”. La app, en su tono casi tranquilizador, me asegura: “Buscando al socio más cercano”. Momentos después, una notificación: “Eduardo tomará tu servicio, siéntate y espera; el teléfono vibrará cuando llegue tu transporte”. ”¡Lo logré!”, pensé, con una mezcla de orgullo y alivio. En seis minutos, según la app, mi transporte estaría ahí. Pero no me relajé ni guardé el móvil como un usuario experimentado habría hecho. No, yo me quedé pegado a la pantalla, siguiendo cada paso virtual de mi “socio” Eduardo con más atención que un controlador aéreo, dispuesto a no parpadear para asegurarme de que todo saliera bien. Pues no salió bien. A los cuatro minutos, sin que yo siquiera rozara la pantalla (prometo que no la toqué), aparece una nueva notificación que me informa: “Buscando al socio más cercano”… otra vez. Todo se reinicia como si estuviera jugando un videojuego con vidas infinitas, y ahora resulta que Víctor será quien atienda mi solicitud. Solo que, sorpresa, ahora tardará 12 minutos. Desde luego, la app vuelve a sugerirme que me siente y me relaje. ¿Relajarme? ¿En serio? ¿Quién puede relajarse con este caos? Esto se convirtió en un carrusel de nombres: “Jorge atenderá tu servicio”. Dos minutos después: “Luis Ángel atenderá tu servicio”. Y cuando pensaba que había tocado fondo, aparece otro Víctor (sí, distinto al primero, porque ya hasta les llevaba la cuenta). A estas alturas, la única constante era que todos “atenderían mi servicio”, pero nadie, absolutamente nadie, llegaba. Como si esta app fuera un universo paralelo donde los choferes son entidades abstractas que solo existen para burlarse de mí. Ahí fue cuando acepté mi derrota. Mientras el reloj corría hacia la hora de mi cita, decidí que no podía seguir con este juego de la silla tecnológica. Cancelé el servicio (o eso creo, porque no estoy seguro de haberlo hecho bien), opté por el refugio de la vieja confiabilidad: el taxi del hotel. Ahora me encuentro en el auto de Raúl, mi conductor, quien no solo me lleva a mi destino, sino que hasta me ha dado ya su teléfono para llamarlo directamente en el futuro, sin apps, sin botones, sin ansiedad. Solo una conversación amena y la seguridad de que llegaré a tiempo. Ahora me pregunto si soy yo, la suerte, o simplemente el destino burlándose de alguien que decide aventurarse en una app que para muchos es tan natural como respirar. Mi conclusión es sencilla: para algunos, Uber es un salvavidas tecnológico; para mí, es un rompecabezas existencial. PD: Por cierto, al cancelar, la app me cobró 21 pesos por la lata al pobre de Víctor (ya no se cual), pero el cargo del viaje completo a mi tarjeta, sí se realizó. Y por favor, agradezco que se ahorren las instrucciones para reclamarlo. No lo voy hacer. |
