La fascinación del coliseo romano adaptada al siglo XXI

En plena transmisión en vivo de *La Casa de los Famosos*, presenciamos un momento histórico para la televisión surrealista: Galilea Montijo tuvo que pedirle un permiso especial a «La Jefa» para entrar a la casa y darles un regaño monumental a los participantes. Palabras más, palabras menos, la conductora les dijo que el público se está durmiendo, que ella como fan estelar ya no soporta pasarse horas viendo cómo no pasa nada y que, si no le meten juego, esto se va directo al barranco.

El mensaje entre líneas no fue para los habitantes, fue una señal de auxilio de la producción. Y es que las alarmas rojas ya están encendidas en los ejecutivos de la televisora. Aunque la gala dominical de televisión abierta sigue raspando números decentes por pura inercia, la verdadera tragedia está en el consumo diario. La señal 24/7 en la plataforma de streaming registra caídas drásticas de tiempo de reproducción, y el engagement, ese movimiento de likes, retuits, tendencias y comentarios que vuelve viral a un programa) simplemente se desplomó. Sin pleitos, no hay clips para TikTok; sin clips, no hay conversación en redes; y sin conversación, el formato agoniza entre semana.

Por eso la intervención de Galilea no fue una ocurrencia, fue un intento desesperado por rescatar el negocio antes de que la audiencia apague la pantalla por completo.

El incidente deja al descubierto la grieta más profunda del reality show moderno. Estamos presenciando la versión digital del coliseo romano, pero con un público que padece una esquizofrenia moral fascinante: queremos conflicto, pero no queremos hacernos responsables del conflicto.

El mito del «contenido orgánico» y la trampa del morbo

 A todos nos gusta decir en reuniones sociales que nos encantan las «buenas vibras», que la empatía debe predominar y que la televisión debería promover valores positivos. Mentira piadosa. Las métricas de consumo dicen exactamente lo contrario.

Cuando los famosos se llevan bien, cocinan juntos y conversan de la vida de manera civilizada, el consumo diario se desploma. El espectador promedio no conecta la pantalla para ver un retiro espiritual; conecta para ver el chisme, la traición y el agarrón de greñas. Queremos sangre, queremos que alguien pierda los estribos y nos entregue el clip viral de la semana.

La paradoja del verdugo: Exijo violencia, pero te cancelo

 Aquí es donde la puerca tuerce el rabo. El público exige que los habitantes se destrocen entre sí, pero en cuanto uno de ellos toma el papel del villano y cruza la línea —como ocurrió en ediciones pasadas con personajes como Adrián Marcelo, Mariana Echeverría o Sian Chiong—, la audiencia se quita la túnica de espectador del coliseo y se pone la toga de Juez Supremo de la Moral.

Activamos la funada, esa campaña masiva en redes sociales para destruir la reputación de alguien y promovemos el boicot. Le escribimos a los patrocinadores, pedimos que los despidan de sus trabajos reales fuera de la televisión y nos indignamos éticamente por el mismo espectáculo violento que estuvimos exigiendo y consumiendo con palomitas la noche anterior.

Es una hipocresía perfecta: disfrutamos que se destrocen emocionalmente, pero castigamos al que se destroza.

El «Riesgo Cero» y la lección aprendida

 Ante este panorama, la producción y las marcas juegan a la doble moral corporativa. Quieren los picos de audiencia que genera la controversia, pero le huyen al costo reputacional. Cuando la masa digital empieza a pedir cabezas, los patrocinadores retiran sus logotipos en masa para no «manchar sus valores» y la producción avienta al participante a los leones para salvar la transmisión.

¿Y qué hicieron los nuevos habitantes? Hicieron la tarea.

Los concursantes de esta edición no son tontos. Vieron a los exhabitantes de temporadas pasadas salir directo al desempleo y a la terapia psicológica obligatoria. Entendieron que ningún sueldo semanal paga la cancelación de tu carrera de por vida. Por eso, aunque Galilea los regañe en vivo y la producción les ponga dinámicas diseñadas para hacerlos explotar, ellos prefieren aplicar la «diplomacia del pánico». Priorizan ser etiquetados como «aburridos» o «tibios» durante dos meses antes que convertirse en el nuevo villano nacional.

¿El fin del gladiador digital?

​Lo trágico de todo esto no es que el programa esté lento; lo trágico es darnos cuenta de lo que necesitamos consumir para sentirnos entretenidos. Si la única forma en que un formato televisivo logra cautivar a millones de personas es mediante el colapso psicológico de sus participantes, el modelo está destinado a la quiebra.

El público quiere la emoción de la arena romana pero exige la limpieza impecable de un teatro de ópera. Y en esa contradicción, los gladiadores modernos han decidido cruzarse de brazos y tirar las espadas. No por falta de ganas de ganar, sino porque descubrieron que, en este coliseo, el público, los patrocinadores y hasta la propia productora, a menudo termina dandole el pulgar hacia abajo al que se atreve a hacer precisamente aquello para lo que fue contratado.

Descubre más desde Carlos L. Blanco

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo