Del plástico a la IA, la letra chiquita del progreso.

Hace unas décadas, la humanidad creyó haber encontrado el Santo Grial con el plástico. Era barato, limpio, duradero y prometía salvar los bosques del planeta. Nos volvimos locos usándolo para todo, desde prótesis médicas hasta pajitas para el refresco que tirábamos a los cinco minutos. Hoy, con las islas de plástico flotando en el mar, sabemos cómo terminó ese idilio.

Con la tecnología moderna nos está pasando exactamente lo mismo. Nos han vendido la bonita fantasía de la «huella cero»: un mundo etéreo, limpio, sin chimeneas ni papeles, donde todo es virtual o eléctrico y, por lo tanto, 100% ecológico. Sin embargo, la realidad nos está despertando a bofetadas: lo digital también contamina, y mucho.

La Inteligencia Artificial (IA) se ha convertido hoy en el blanco fácil de todas las críticas, pero no es el único lobo con piel de cordero. Tomemos, por ejemplo, al coche eléctrico. Nos lo venden como el salvador del medio ambiente porque no saca humo por el escape. ¡Qué limpiecito! El problema es que traslada toda esa carga a la red eléctrica de la ciudad. Cargar esas baterías gigantescas exige una potencia colosal. Si la electricidad para recargarlo proviene de plantas que queman carbón o gas, parte de la contaminación que dejamos de ver en el escape aparece en otro lugar. El automóvil sigue teniendo ventajas, pero no es esa criatura milagrosamente limpia que algunos anuncios nos quieren vender.

¿Y qué me dicen del Bitcoin? Esa «monedita virtual» tan inofensiva que ni siquiera podemos ver ni tocar. Detrás de ella hay una red global de computadoras resolviendo acertijos matemáticos absurdos solo para validar transacciones. Esa infraestructura consume al año más electricidad que países enteros como Holanda o Noruega. Pero claro, como el Bitcoin no se ve y el auto eléctrico no hace ruido, vivíamos en la feliz ilusión de que no pasaba nada.

Hasta que llegó la IA a dinamitarlo todo.

La IA es el invitado más tragón y caluroso de la fiesta tecnológica. A diferencia del internet tradicional (que solo te muestra un correo o un video guardado), la IA no busca cosas; las calcula y las crea desde cero mediante billones de operaciones matemáticas por segundo. Para lograrlo, usa GPUs (tarjetas de video superpotentes). Si un servidor normal consume lo mismo que un foco viejo, uno de IA consume lo mismo que una casa entera. El resultado de poner miles de estos chips a trabajar juntos es el equivalente a meter cincuenta estufas industriales encendidas al máximo dentro de un clóset.

Para que estas supercomputadoras no se derritan, la industria las hace «sudar» usando millones de litros de agua dulce al día de ríos y lagos locales. Esa agua se evapora y desaparece de la región. Además, la electricidad necesaria para mover esos sistemas de enfriamiento es tanta que está obligando a los países a reactivar viejas plantas de carbón. El humo y el calor de esas plantas van directo a la atmósfera, provocando el calentamiento global que termina derritiendo los polos de forma acelerada.

Ante las protestas en tierra firme, a alguien en Silicon Valley se le ocurrió otra idea «brillante» y futurista: «¿Y si metemos los servidores al fondo del mar? El océano es un aire acondicionado gigante y gratis».

Microsoft fue pionero con su Proyecto Natick, sumergiendo una cápsula llena de servidores en el océano. El experimento funcionó técnicamente, pero la empresa terminó abandonando sus planes submarinos. Y aquí surge una pregunta que no podemos ignorar: ¿qué consecuencias tendría multiplicar estas instalaciones en nuestros mares? Porque el calor no desaparece por arte de magia. Se transfiere al agua, y alterar la temperatura de un ecosistema marino puede tener consecuencias sobre las especies que lo habitan. Imaginemos que estas instalaciones llegaran a crear auténticas «burbujas térmicas», elevando la temperatura del agua y reduciendo el oxígeno disponible hasta poner en riesgo la vida de peces y corales. ¿Vamos a esperar a encontrarnos con peces asfixiados para empezar a preocuparnos? Por no hablar de que la corrosión marina y las reparaciones bajo el agua representan desafíos técnicos y mandar a un buzo a reparar una tarjeta de IA cada semana es una pesadilla logística.

Lamentablemente, el sentido común no abunda en todos lados. Mientras gigantes como Google ya le dieron la espalda a la ocurrencia marina y prefieren buscar en tierra sistemas de «circuito cerrado» (donde el agua da vueltas eternamente en tubos sellados sin evaporarse), otros siguen insistiendo. En China ya operan granjas de servidores submarinos, y Singapur y Japón siguen experimentando con plataformas flotantes que succionan agua de mar, arriesgándose a que un huracán categoría 5 les destroce todo en un parpadeo.

Y mientras todos apuntamos el dedo acusador contra la inteligencia artificial, seguimos viendo películas en streaming, almacenando millones de fotografías que jamás volveremos a mirar, moviendo criptomonedas y comprando dispositivos que reemplazamos mucho antes de que dejen de funcionar. Todo necesita energía, infraestructura y recursos. La IA no inventó ese problema; simplemente lo hizo mucho más evidente y potencialmente mayor.

Parece muy de hoy, obsesionarnos con soluciones rápidas, llamativas y supuestamente «verdes», en lugar de mirar a nuestro alrededor y evaluar el impacto completo antes de actuar. Ni los autos eléctricos, ni el Bitcoin, ni la IA van a desaparecer. Pero la industria tiene que bajarse de la nube de la «huella cero» y aceptar los límites físicos de la Tierra. Si seguimos usando la IA de forma desmedida para pedirle poemas chistosos o imágenes absurdas que nadie volverá a ver, terminaremos quemando el planeta por puro capricho digital, y pensando que no lo estamos haciendo por qué no vemos el humo. 

Quizá el verdadero problema no sea una tecnología en particular, sino nuestra costumbre de abrazar cada innovación como si fuera la solución definitiva a nuestros problemas, dejándonos llevar por el entusiasmo de sus beneficios inmediatos sin pensar demasiado en sus consecuencias, tal como nos ocurrió con el plástico, que un día celebramos como una maravilla y hoy no sabemos cómo quitarnos de encima.