72 horas de autonomía, por qué Europa pide reservas familiares.

Desde 2022, y con especial intensidad en 2024-2026, gobiernos de Francia, Reino Unido, Alemania, los países nórdicos, los bálticos y también Japón han emitido recomendaciones concretas a sus ciudadanos: tengan agua, comida no perecedera, medicamentos, linternas, radios a pilas y suficiente autonomía para aguantar al menos 72 horas —y en algunos casos 7 o 10 días— sin ayuda externa. Algunos han actualizado folletos de la Guerra Fría, reabierto o revisado refugios, y hablan abiertamente de “crisis o guerra”. La versión oficial suele mezclar ciberataques, cortes de suministro, clima extremo y “resiliencia”. Eso es incompleto.

Lo que ya ha ocurrido

No se trata solo de escenarios hipotéticos. En los últimos años se han documentado acciones concretas que encajan en lo que los servicios de inteligencia europeos llaman campaña híbrida:

  • Incendios y sabotajes en instalaciones de defensa, almacenes y fábricas en Polonia, Estonia, Bulgaria, Italia y Alemania.
  • Drones con carga explosiva o de vigilancia sobre aeropuertos y bases (incluido un incidente relevante en Leipzig).
  • Daños o intentos de daño a cables submarinos de datos y gasoductos en el Báltico.
  • Ciberataques dirigidos a sistemas de agua, calefacción, residuos y logística alimentaria.
  • Interferencia GPS y sobrevuelos reiterados de drones.
  • Actividad de reconocimiento atribuida a la “flota sombra” rusa de petroleros cerca de infraestructuras críticas.

No todos estos hechos son aislados ni “accidentes”. Varios servicios de inteligencia- Dinamarca, Noruega, Reino Unido, Alemania, países bálticos- han señalado públicamente que esperan más de lo mismo. El objetivo aparente es elevar el coste del apoyo europeo a Ucrania, probar respuestas y erosionar la cohesión sin cruzar el umbral de una guerra convencional abierta con la OTAN.

Por qué Europa y por qué ahora

La invasión rusa de Ucrania en 2022 marcó un punto de inflexión. Europa descubrió de golpe la fragilidad de sus cadenas de suministro “just-in-time”, su dependencia energética y la vulnerabilidad de redes eléctricas, de comunicaciones y de pagos digitales. Un apagón prolongado, un corte de internet o de logística no es ciencia ficción: es un escenario que se puede provocar con sabotaje físico + ciberataque + desinformación, sin necesidad de tanques cruzando fronteras.

Japón, aunque geográficamente lejano, comparte la misma lógica de dependencia de importaciones y de infraestructuras densas y centralizadas. Por eso aparece en la lista.

El clima extremo (huracanes más intensos, con propuestas serias de Categoría 6, y un 2026 con un pico notable de muertes por terremotos, dominado por el doblete de Venezuela) actúa como multiplicador. Un sistema ya tensionado por presión híbrida se rompe más fácil si encima llega una tormenta o un seísmo fuerte. Pero el motor principal de las campañas europeas no es el clima: es la amenaza híbrida sostenida.

La verdadera preocupación

No hay amenazas públicas del tipo “vamos a invadir mañana”. Hay algo más sutil y, en cierto sentido, más peligroso: un entorno en el que la capacidad del Estado para mantener el orden y los servicios básicos puede quedar temporalmente superada. Un corte de electricidad de varios días, combinado con fallos en telecomunicaciones, pagos electrónicos y logística de alimentos, genera pánico, desinformación y presión social muy rápida. En ese escenario, la prioridad del gobierno no es repartir kits casa por casa, sino recuperar el control de las infraestructuras críticas y restablecer el orden.

Las reservas familiares y la reactivación de bunkers y refugios de la Guerra Fría no son “por si acaso” genérico. Son para que la población aguante la fase aguda —las primeras 72 horas o la primera semana— sin colapsar los servicios de emergencia ni generar caos adicional mientras las autoridades intentan restablecer el control. Es una admisión implícita de que el margen de seguridad se ha reducido.

Un hospital sin electricidad durante tres días mata. Una red de agua o de pagos caída durante una semana genera desesperación, saqueos y violencia local. La gente muere igual, solo que de forma más difusa y menos cinematográfica. Por eso hay que dejar de suavizar el lenguaje: esto es guerra.

América y el resto del mundo: por qué no lo abordan igual

Un ataque híbrido de gran escala podría tener efectos globales. Cables submarinos, sistemas financieros, cadenas de suministro de alimentos y semiconductores, o un ciberataque masivo a la nube no respetan fronteras. En teoría, un incidente grave en Europa o en el Báltico podría generar ondas de choque en Estados Unidos, América Latina o Asia. Sin embargo, la intensidad, la urgencia y el tipo de respuesta no son las mismas.

Estados Unidos tiene una posición geográfica y estratégica distinta. No comparte frontera terrestre con Rusia ni está en la primera línea de la presión híbrida actual. Su independencia energética es mayor y su cultura de preparación civil está más orientada a desastres naturales y amenazas terroristas. Los ataques híbridos existen, pero no se perciben con la misma inminencia de colapso de servicios básicos.

América Latina, África y gran parte de Asia enfrentan riesgos prioritarios diferentes. La campaña híbrida rusa está concentrada en Europa porque allí está el teatro principal. Aunque un efecto dominó global es posible, la probabilidad de sufrir la fase aguda es menor. Japón es la excepción relativa fuera de Europa por su densidad, dependencia de importaciones y experiencia histórica con desastres.

El riesgo puede tener alcance mundial, pero la intensidad y la urgencia son máximas en Europa. Aun así, la lógica híbrida permite ampliar la presión a otros países (México, Brasil, incluso nodos en Estados Unidos) para encarecer el apoyo a Europa y generar frentes de distracción. Rusia no actúa sola: existen convergencias de interés con otros actores que se benefician de un Occidente tensionado y distraído.

Esto es guerra, aunque no se declare

Lo que se está librando no es una Guerra Mundial como la de 1914 o 1939. Es una guerra de nuevo tipo: híbrida, multi-dominio, de desgaste sistémico, diseñada para no cruzar el umbral nuclear ni forzar una respuesta convencional abierta. No se declara, no se invade con ejércitos regulares, no se admite oficialmente. Pero produce muertos, destruye capacidades y busca doblegar sociedades.

Las nuevas tecnologías (ciber, drones baratos, dependencia digital, manipulación de información) han hecho posible una guerra “fantasma”. Se puede degradar la capacidad de un país para funcionar con normalidad sin que nadie tenga que reconocer que está en guerra. Ese es precisamente su peligro: al no nombrarla, se relativiza y se trata como un asunto técnico de “resiliencia” o “ciberseguridad”.

Hay que decirlo claro: estamos en una guerra. No declarada, no convencional, pero guerra. Y mientras no se la nombre y se la trate como lo que es, la respuesta seguirá siendo insuficiente.

¿Puede pasar?

Las condiciones actuales —guerra prolongada en Ucrania, campaña híbrida documentada, infraestructuras frágiles, polarización interna y un entorno tecnológico que facilita el daño denegable— hacen que un incidente escalado sea plausible. Puede ser mañana, dentro de dos años, o puede no materializarse nunca en la forma temida. La incertidumbre es real. Pero cuando varios gobiernos europeos, con información de inteligencia que el ciudadano normal no tiene, deciden sincronizar mensajes de preparación civil y reactivar infraestructuras de la Guerra Fría, no lo hacen por capricho.

Prepararse no es alarmismo. Es realismo. Porque si llega la fase aguda, las primeras horas y días se deciden con lo que cada uno tenga en casa, y mucha gente puede morir no solo por el ataque directo, sino por hospitales que no funcionan, por falta de agua o medicamentos, o por la desesperación y la violencia local que siguen cuando el orden se quiebra.

El peligro entonces no es solamente que llegue un nuevo tipo de guerra para la que no estamos preparados. También es que, por negarnos a reconocer que la guerra, si, la guerra, ha cambiado, no hagamos nada para prepararnos.