Proyecto Fin del Mundo.

Hay películas que no necesitan destruir ciudades para hablar del fin del mundo. A veces basta con apagar un poco el Sol.

Proyecto Fin del Mundo —Project Hail Mary en inglés— parte justamente de esa idea: una amenaza cósmica silenciosa, científica y desesperante. Desde sus primeros minutos entiende algo fundamental del cine de ciencia ficción moderno: el misterio puede ser mucho más poderoso que el espectáculo. El despertar de Ryland Grace -interpretado por Ryan Gosling- solo, sin memoria y atrapado en una nave perdida en el espacio, tiene más tensión que muchas invasiones alienígenas completas.

Y la película arranca con fuerza porque sabe jugar con la incertidumbre. ¿Qué pasó con el Sol? ¿Por qué está ahí? ¿Quién era antes de despertar? El espectador descubre todo al mismo tiempo que él. Hay angustia, pero también un humor extraño, casi torpe, que evita que la película se hunda en solemnidad científica. Ese equilibrio entre ansiedad y simpatía es parte de su encanto.

No es casualidad que mucha gente salga del cine pensando en Steven Spielberg, aunque la película no sea realmente “suya”. Spielberg participó con sugerencias creativas durante el desarrollo y se nota esa sombra emocional flotando sobre la cinta. Si en E.T. él trajo extraterrestres a la Tierra para hablar de amistad, soledad y empatía, aquí la lógica parece invertirse: ahora son los humanos quienes viajan al espacio para encontrarse con otra especie.

Y el encuentro sí recuerda muchísimo a Elliott con E.T., pero en versión adulta. O quizá ni tan adulta. Porque Grace es un protagonista extrañamente aniñado: brillante, improvisado, emocionalmente desordenado y hasta cobarde por momentos. Sus absurdos como astronauta inexperto son tan simpáticos que uno decide dejarlos pasar sin demasiada confrontación lógica. La película entiende que el carisma puede suspender el juicio científico durante un rato.

Eso también explica por qué la ciencia aquí funciona diferente a como funcionaba en The Martian. Andy Weir, autor de ambas novelas, antes parecía obsesionado con demostrar que todo podía ocurrir mañana mismo con suficiente ingeniería. En Proyecto Fin del Mundo ya no. Los astrophages, la propulsión interestelar, la línea Petrova y varios de los conceptos centrales pertenecen más al terreno de la especulación elegante que al rigor duro. Pero curiosamente eso no importa demasiado, porque la ciencia deja de ser el destino y se vuelve el lenguaje de la historia.

Y ahí está el verdadero corazón de la película.

La investigación científica avanza rápido, ligera, incluso juguetona. Hay explicaciones ágiles, chispazos de humor y una narrativa que evita caer en el tecnicismo incomprensible que muchas veces convierte la ciencia ficción en una conferencia disfrazada. Todo se entiende porque la película no quiere presumir inteligencia: quiere transmitir asombro.

Aunque también hay que decirlo: conforme avanza, el filme pierde un poco la fuerza inicial. Empieza a repetir una estructura muy clara: problema, experimento fallido, solución creativa, pequeño triunfo. Y otra vez. Y otra vez.

El ritmo termina sintiéndose mecánico en algunos tramos, especialmente cuando los flashbacks sentimentales intentan subrayar demasiado la dimensión humana del personaje.

Pero entonces aparece Rocky.

Y la película recuerda de qué quería hablar realmente.

La relación entre Grace y Rocky es probablemente una de las amistades más entrañables de la ciencia ficción reciente. No porque sea épica, sino porque es profundamente sencilla: dos seres radicalmente distintos intentando entenderse. La conexión entre ambos se construye desde la curiosidad, la música, los códigos, la tecnología improvisada y algo muy parecido a la ternura.

La película convierte el lenguaje científico en una forma de amistad.

Ahí también aparece el Spielberg fantasma otra vez. Las referencias emocionales a “Encuentros cercanos del tercer tipo” o incluso a E.T. son inevitables. Esa idea de que el contacto extraterrestre no tiene que partir del miedo sino del reconocimiento mutuo, sigue intacta décadas después.

La película deja claro lo que incluso los astronautas que acaban del volver de la luna en la Misión Artemisa han declarado: frente al infinito, la Tierra sigue siendo “el bote salvavidas colgando solo en el universo”. Y aunque nunca conocemos realmente el mundo de Rocky —decisión muy inteligente— la película entiende que no importa tanto cómo es otro planeta, sino cuánto valoramos el nuestro cuando creemos perderlo.

Quizá por eso funciona mejor cuando abandona la obsesión por explicar y se concentra en sentir.

Porque Proyecto Fin del Mundo no busca ser la ciencia ficción más rigurosa ni la más espectacular. Prefiere ser esperanzadora. Cree en la cooperación entre especies, en la empatía como lenguaje universal y en la idea casi ingenua —pero necesaria— de que la inteligencia sirve más para conectar que para destruir.

Sí, el filme inicia mejor de lo que transcurre. Sí, se vuelve repetitivo y a veces estira demasiado el sentimentalismo humano, como si este fuera el único realmente valioso en el universo. Pero incluso en sus caídas de ritmo conserva algo cada vez más raro en el cine de gran presupuesto: alma.

Y tal vez por eso termina funcionando.

Porque mientras muchas películas del fin del mundo quieren impresionarnos con el tamaño de la catástrofe, Proyecto Fin del Mundo prefiere recordarnos por qué valdría la pena salvarlo.