Con el estreno de “El diablo viste a la moda 2”, Miranda Priestly volvió a las salas para recordarnos, con su voz gélida y superioridad de diosa del Olimpo fashion, por qué un suéter azul deformado es en realidad una conspiración global que mueve miles de empleos y define la civilización. Veinte años después, el famoso monólogo del “cerúleo” sigue siendo tan pretencioso como el primer día: puro teatro elitista disfrazado de sabiduría profunda.
Porque lo que Miranda vende como alta cultura no es más que el manual del consumismo moderno: tomar algo normalito, barato o hasta rechazado, ponerle nombre fancy, narrativa romántica y ¡zas!, cobrarte como si fuera el Santo Grial.
Del suéter cerúleo a tu bolsillo
El mismo truco se repite en todas partes. En teléfonos móviles sacan cada año un modelo nuevo con cámara de 200 megapíxeles y procesador cuántico (que usarás para Instagram y WhatsApp), cobrándote el doble que el anterior. En autos, te venden pantallas gigantes y asistencias que nunca activarás, solo para que te sientas más importante que el vecino.
Y la televisión es el robo con sonrisa. Antes veías todo con una antena o un solo cable. Ahora pagas Netflix + Disney+ + Prime + Paramount + HBO + tres más, “poquito a poquito”, para terminar gastando más que antes por las mismas series y películas, solo que repartidas en diez aplicaciones. ¡Progreso!
El truco maestro: de la basura al gourmet
Pero donde el cinismo alcanza niveles artísticos es convirtiendo lo barato y humilde en lujo snob.
El tuétano: antes sobra de carnicería que comían los que no tenían para otra cosa (un hueso te salía en $50-80). Hoy: “bone marrow” asado con flor de sal y perejil en restaurante gourmet por $300-$360 la porción. ¡Mantequilla ancestral, darling!
Las alitas de pollo, las partes que antes casi regalaban o tiraban. Ahora “alitas gourmet premium glaseadas” que cuestan más que la pechuga entera. Porque nada dice “sofisticado” como chuparte los dedos en un bar caro.
El zacate para bañarse, el de toda la vida en el tianguis por $15. Ahora lo venden como “esponja exfoliante natural 100% orgánica ancestral” por $250-$300. Tu abuela lo usaba para tallar mugre; tú lo compras para “ritual de autocuidado”.
La piedra pómez, 10-20 pesos en cualquier mercado para callos. Hoy viene en kit “spa en casa” con aroma a lavanda por el triple.
La sopa de piedra o sopa de lima, comida humilde hecha con lo que había. Ahora “experiencia prehispánica elevada” con presentación instagramable y precio de turista.
El chile habanero, el de siempre, picante y barato. De repente “single origin” con notas florales y frutales, en salsas fermentadas premium.
La chaya, los papadzules o el xtabentún, hojas y platillos de pobre convertidos en smoothies verdes caros, taquitos finos y botellas “edición especial”.
Toman lo de siempre, le inventan una historia bonita (“ancestral”, “sostenible”, “de la abuela pero con twist”), lo envuelven bonito y te lo venden como si hubieras descubierto la península de Yucatán entera.
La gran estafa que nosotros aceptamos
Aunque nuestro capacidad de consumo efectiva ha crecido (nuestros abuelos ni soñaban con comprar estas cosas), por un lado por el aumento del poder adquisitivo en los últimos diez años y por otro en la facilidad de acceder a créditos, el dinero sigue sin alcanzar. ¿La razón? Las industrias se volvieron máquinas expertas en capturar cada peso extra que ganamos y convertirlo en tonterías aspiracionales.
Nos convencen con discursos pretenciosos como el de Miranda: que esto es cultura, que eres un conocedor, que estás por encima de las masas. Nadie nos pone una pistola en la cabeza. Elegimos voluntariamente endeudarnos, suscribirnos y presumir para no sentirnos fuera del juego.
Al final, no es solo culpa de las marcas. Es nuestra. Mientras sigamos aplaudiendo monólogos snobs y cayendo en el marketing disfrazado de sofisticación, seguiremos gastando más para sentirnos exactamente igual… o peor, por que seguimos comprando la misma mentira, pero ahora en cuotas mensuales.
El suéter cerúleo nunca fue importante. Solo nos hizo creer que lo era. Y seguimos comprando la misma mentira, pero ahora en versión gourmet, 5G y suscripción mensual.
¿Seguimos o ya pedimos la cuenta?

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