El triunfo del provocador

Hace unos días, el periodista argentino Eduardo Feinmann colocó su nombre en el centro de la conversación pública en México. Para un analista político de tendencia conservadora, cuya influencia estaba estrictamente confinada al cono sur, convertirse en el enemigo público número uno de un país de 130 millones de habitantes pareció, a ojos del público, un castigo. En la realidad de la economía de la atención, fue el negocio redondo.

El caso Feinmann no es solo la crónica de un exabrupto televisivo; es una radiografía perfecta de cómo el algoritmo, las instituciones y la masa mediática han perdido la capacidad de distinguir entre una calumnia que exige consecuencias legales y una opinión rancia que solo merece el vacío del olvido. Al final, el periodismo y la política mexicana cayeron en el juego del provocador: ignoraron la vía que pudo haberlo anulado y le regalaron, gratis, la vitrina mundial que buscaba.

La anatomía de las dos declaraciones: Hechos contra vísceras

Para entender el fracaso de la reacción mediática, es obligatorio diseccionar el caso en sus dos vertientes. Feinmann no cometió un solo error; emitió dos mensajes de naturaleza completamente distinta que el público erróneamente metió en la misma bolsa.

La primera declaración: Una calumnia transnacional

Durante la cobertura del torneo de fútbol, Feinmann aseguró en televisión abierta que la selección de Ecuador había jugado un partido clave de forma «desganada» debido a que los futbolistas y sus familias habían sido amenazados de muerte por un cártel del narcotráfico mexicano para asegurar el pase de México.

Esto no fue una opinión. Fue una calumnia institucional y geopolítica en toda regla. Al lanzar esta acusación sin pruebas, el periodista golpeó la reputación, la integridad deportiva y el estatus legal de múltiples organizaciones con personalidad jurídica: la Federación Ecuatoriana de Fútbol (FEF), la Federación Mexicana de Fútbol (FMF) y la propia FIFA. Implicó además al Estado mexicano en una trama de coacción criminal transnacional.

Aquí sí había materia legal. Era un asunto técnico y jurídico. La FEF y la FMF contaban con elementos para iniciar demandas civiles por daños a la moral y difamación. La FIFA, a través de sus comités de ética, tendría la facultad de vetar al periodista o sancionar a la cadena de televisión por poner en duda la limpieza de su torneo. Contrario a lo que la narrativa del «mame» dictó después, la respuesta institucional existió pero fue sobria: la FEF en Ecuador fue la más firme y clara al desmentirlo de inmediato; la FIFA se mantuvo en su fría neutralidad alegando falta de denuncias formales, y la FMF emitió un comunicado netamente corporativo.

Sin embargo, en el tribunal del internet, esta gravísima difamación no generó ni la mitad de las reacciones que el segundo bloque de sus declaraciones. Desarmar una mentira compleja sobre el narco requiere rigor, periodismo de datos y un proceso legal aburrido. Y el aburrimiento no genera clics.

La segunda declaración: El anzuelo del orgullo

Días después, el periodista arremetió de forma directa contra la identidad mexicana con frases explícitamente xenófobas:

«Detesto a los mexicanos, los detesto con el alma. El ‘ahorita’ ese se lo pueden meter en el orto… Es la envidia que los mexicanos le tienen a los argentinos, no solamente en el fútbol, en todo».

Por más repulsivas, inmaduras o racistas que resulten estas palabras, entran estrictamente en el terreno de la opinión personal y la libertad de expresión. Aunque existen legislaciones sobre discurso de odio, discriminación e incitación, en este caso hay poco que hacer: ningún tribunal internacional procesa a un individuo por declarar que le desagrada un acento o un gentilicio.

Pero fue precisamente aquí donde el ecosistema mexicano mordió el anzuelo con una fuerza descomunal.

El ring mediático y la hiperreactividad del «mame»

Al tocar la fibra del nacionalismo folclórico, Feinmann activó el combustible más barato y adictivo de las redes sociales: la indignación visceral. La masa digital y los grandes comunicadores prefirieron litigar una ofensa al ego cultural que una calumnia criminal.

Figuras de alto perfil mediático salieron a confrontarlo públicamente llamándolo «impresentable», mientras creadores de contenido inundaban las redes analizando el fenómeno desde la sátira política. El conflicto escaló a tal nivel que la propia presidenta de México dedicó espacio en su conferencia matutina para calificar los dichos de «indignantes» y llamarlo «pseudoperiodista».

¿Cuál fue el resultado? El «ir y venir» que el troll necesitaba. Feinmann utilizó la réplica de la presidenta mexicana para victimizarse, denunciar una supuesta censura del «populismo del siglo XXI», mandar a la mandataria a «ocuparse del narcotráfico» y elevar su estatus al de un conductor que se codea en la arena política con jefes de Estado extranjeros. Sus críticos, creyendo que lo estaban destruyendo con argumentos impecables, terminaron convirtiéndose en sus principales promotores.

Aprender a elegir nuestras batallas

El desenlace de este caso deja una lección cruda sobre la madurez digital de nuestra sociedad. Cuando las instituciones oficiales y los líderes de opinión operan bajo la lógica del algoritmo —atendiendo lo que hace ruido y desoyendo lo sustancial— validan la estrategia del provocador.

Para anular a un troll de este tamaño, el camino nunca es el debate de adjetivos. Si se hubiera querido dar una posición firme sin caer en su juego, la estrategia debió ser legal, institucional y despersonalizada. Un proceso judicial por la difamación del narcotráfico podría haber asfixiado económicamente y credencialmente al periodista en los tribunales, en silencio, quitándole el micrófono. En cambio, responder al insulto xenófobo con más víscera solo sirvió para engordar su audiencia.

Fijar una postura con inteligencia requiere aprender a elegir nuestras batallas. Al ignorar la vía legal en el único punto donde Feinmann era verdaderamente vulnerable, y regalarle en su lugar un show de cinco pistas en el terreno de las opiniones —donde él es intocable—, el ecosistema mediático demostró su propia vulnerabilidad a la manipulación.

Al final, no se defendió el honor de un país; se financió, con la moneda de nuestra atención, la campaña de conocimiento de un provocador profesional.

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