Los titulares gritan como si hubiera estallado una bomba: “FIFA quiere privatizar el Mundial”. Suena apocalíptico, casi como si Gianni Infantino estuviera firmando la escritura de venta del fútbol ante un notario con traje de Adidas. Pero hay un detalle que casi nadie menciona: llamar a esto “privatización” es, cuando menos, un uso bastante impreciso del término.
El Mundial no es un parque nacional, ni un hospital, ni la plaza del pueblo. Jurídicamente nunca ha sido un bien público. Siempre ha estado bajo el control de FIFA, una asociación registrada en Suiza como entidad sin fines de lucro que, curiosamente, administra uno de los negocios más rentables del planeta. Su figura legal podrá ser una; su realidad económica lleva décadas siendo otra.
En el papel, perfecto. En la práctica, ha construido uno de los modelos de explotación comercial más rentables del deporte mundial. Si eso no es perseguir el lucro, al menos se le parece demasiado.
Lo que propone Infantino no es vender el Mundial ni transformar a FIFA en una empresa. Lo que plantea es crear una sociedad mercantil para administrar los derechos comerciales del torneo y permitir que inversionistas externos adquieran hasta el 20 % de esa empresa.
Traducido al español de todos los días: el negocio sigue siendo el mismo; simplemente habrá más personas sentadas alrededor de la mesa repartiendo el pastel.
Es como cuando una empresa familiar incorpora nuevos socios. Nadie sale diciendo que la empresa “se privatizó”. Lo que hizo fue abrir parte de su capital. Aquí ocurre algo parecido, solo que envuelto en una narrativa mucho más escandalosa.
La historia que los titulares prefieren olvidar
Lo curioso es que muchos hablan como si el pecado hubiera comenzado esta semana.
No. Ese pecado tiene más de medio siglo.
El Mundial empezó a convertirse en una industria global desde que descubrió que la pasión también podía cotizarse.
Desde los años setenta, con Coca-Cola y Adidas como padrinos globales, el Mundial dejó de ser solo un torneo y se convirtió en una vitrina. En los ochenta la televisión internacional lo multiplicó por diez. En los noventa el merchandising se volvió una máquina de imprimir billetes. En los dos mil las exclusividades corporativas colonizaron hasta el último metro cuadrado de césped. En los dos mil diez los países anfitriones se endeudaban mientras FIFA batía récords de ingresos. Y en la última década cada segundo, cada estadística, cada emoticono se convirtió en mercancía.
Mientras los aficionados discutían alineaciones, alguien descubría una nueva forma de venderles el mismo partido.
Cada década añadió una nueva caja registradora.
Por eso resulta curioso que hoy tantos descubran, indignados, que el fútbol se convirtió en negocio.
Llegaron varias décadas tarde.
El verdadero cambio
Lo de Infantino no inaugura un modelo… lo perfecciona.
No estamos viendo el nacimiento del capitalismo futbolístico. Estamos viendo una nueva fase de un sistema que lleva décadas funcionando con enorme éxito económico y crecientes costos simbólicos.
La diferencia importa.
Porque una cosa es decir que el Mundial se “privatiza”, insinuando que algo que era de todos deja de serlo.
Y otra muy distinta es reconocer que un negocio privado —o, si se prefiere, controlado por una entidad privada— encuentra una forma todavía más eficiente de atraer capital privado.
No es lo mismo.
Al pan, pan y al vino, vino
Nunca he estado de acuerdo con la forma en que FIFA ha explotado comercialmente la pasión por el fútbol.
No porque ganar dinero sea un pecado, toda organización necesita recursos.
El problema aparece cuando la pasión deja de ser el fin y se convierte únicamente en la materia prima del negocio.
Eso no comenzó con Infantino.
Comenzó hace muchos años, cuando el fútbol dejó de vender partidos para empezar a vender emociones, nostalgia, identidad, pertenencia y hasta rebeldía.
Nos cobran por la camiseta.
Nos cobran por la suscripción.
Nos cobran por la experiencia.
Nos cobran por el recuerdo.
Y nosotros pagamos felices porque creemos que estamos comprando fútbol, cuando muchas veces lo que compramos es la ilusión de pertenecer a algo.
Lo de ahora simplemente añade otro ingrediente al mismo modelo.
Más inversionistas.
Más presión por rentabilizar.
Más incentivos para convertir cada emoción en una oportunidad de negocio.
La palabra importa
Por eso hablar de “privatización” termina desviando la discusión.
El debate deja de centrarse en el verdadero problema —la creciente financiarización del fútbol— para concentrarse en una palabra que describe mal lo que realmente está ocurriendo.
Es como decir que una universidad privada se privatiza porque crea una empresa para comercializar sus cursos y vende una parte de esa empresa a inversionistas.
No. La universidad sigue siendo la misma.
Lo único que cambió fue la estructura mediante la cual explota una parte de sus actividades.
Con FIFA ocurre algo muy parecido.
La solución no está donde gritan
Las federaciones protestarán, los dirigentes darán entrevistas y los analistas discutirán porcentajes, filiales y estructuras corporativas.
Pero nada cambiará mientras el negocio siga siendo extraordinariamente rentable.
Y el negocio seguirá siéndolo mientras nosotros continuemos financiándolo con nuestro dinero, nuestro tiempo y, sobre todo, nuestra atención.
No, el Mundial no empezó a venderse hoy.
Hace mucho que descubrió cuánto vale nuestra pasión.
Hoy simplemente encontró una forma más sofisticada de cobrarla.
Por eso el verdadero escándalo no es que el Mundial se privatice.
Es que seguimos sorprendidos de que un negocio que lleva décadas mercantilizando el fútbol haya decidido… mercantilizarlo un poco más.
Lo más curioso de todo es que estamos librando una batalla del siglo XX para intentar explicar un fenómeno del siglo XXI. La discusión pública gira alrededor de si el Mundial “se privatiza” o no, como si el gran debate fuera quién es el dueño del balón.
Mientras tanto, el verdadero movimiento ocurre varios niveles arriba: el fútbol deja de ser únicamente un negocio que genera ganancias espectaculares para convertirse en un activo financiero capaz de atraer inversionistas interesados no en el deporte, sino en la rentabilidad que produce la pasión de miles de millones de personas.
Ya no basta con vender boletos, camisetas o derechos de transmisión; ahora también se vende la posibilidad de participar en las ganancias del propio negocio.
Mientras seguimos peleando por una palabra, el modelo económico cambia de dimensión. Y quizá ahí esté el verdadero engaño: no nos están vendiendo un Mundial privatizado. Nos están vendiendo una discusión equivocada mientras el fútbol afina su entrada, cada vez con menos pudor, a la liga del capital financiero.
El cambio está en el juego. El engaño, en la narrativa.

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